miércoles

A la noche, y antes de dormir

El cambio se dio por un sombrero como de vaquero. Cowboys, decían.Juntaban pilas gastadas en una botella de plástico como si eso fuera parte de una tarde del campo: zanahorias, pastos largos. Huecos que, aunque no lo supieran, eran cuevas de tarántulas. Tarántulas que se paran en dos patas y saltan, y siempre vienen de a dos. El cielo se partía en dos capas perfectamente diferenciables: así pasa en la tarde del delfín acá en Ecuador, me había dicho mi primo: el agua se divide como si tuviera aceite, y ahí está: la tarde del delfín rosa. Pero ellos con sus sombreros de vaqueros y sus camperas de jean llegaron tarde a Mercedes. Ahí a cinco kilómetros del pueblo, que se une por un pequeño puente con un poco de agua donde las vacas que no se te cruzan a la noche en medio de la ruta se ponen a pastar. Ese puente que fue centro de muchas historias de terror de mi infancia: donde misteriosamente había muerto alguien, donde una vieja con harapos y pelo blanco se colgaba de la parte de atrás del auto y ahí cagabas. Una superproducción en un campo que ya no es, que a veces recuerdo pero sólo para no terminar de olvidarlo. O Berrotarán y su arroyo, que en el verano del ochenta y nueve se secó y mató a todas las vacas: me acuerdo del olor putrefacto que entraba por los postigos, que se había adherido a la casa. Cuando por primera vez me dieron la llave de mi casa, de eso hablábamos con Juan el otro día. Los sombreros de vaqueros apoyados en el borde de una enorme pileta vacía que, en otras épocas, había sido escenario de competencias olímpicas, de el zorro va. Lo que no olvido es una tarde que llovía a cántaros mientras cruzaba el campo que dividía mi casa de la proveeduría: me acuerdo que yo tenía botas de lluvia y short y que los pastos mojados me hacían picar las piernas. Me acuerdo lo rojas que quedaron mis manos por la cantidad de sachets de leche que me había pedido mi vieja que comprara. Creo que traía como cinco, que me cortaban la circulación y me hacían llorar en medio de una lluvia que tapaba todo dos metros adelante de mis ojos. No tuve miedo pero me dolían las manos, me picaban las piernas. Mentira: tenía terror a cruzarme con una víbora o una vizcacha (había visto sólo una, muerta y de espaldas), pensaba que la picazón de las piernas eran picaduras de tábanos, arañas, hormigas rojas. El pasto estaba tan pero tan largo y todo estaba tan inundado que por un momento pensé en cocodrilos. No sé qué hay de interesante en una pose, no lo sabía tampoco en ese entonces. Escribo para no olvidarme, porque de pronto huelo algo que me es familiar y ahí aparecen un montón de cosas en las que no pensaba hace años. Eso les dije a los de sombreros de vaquero, a sus botellas llenas de pilas gastadas, a sus cámaras de foto: escribo para no olvidarme, y para contarle todo eso a Julia  si quiere, a la noche y antes de dormir.



3 comentarios:

santha dijo...

celébrase su vuelta

lurba dijo...

gracias santha querido! celebraremos la tuya oportunamente.

variedad de frutas dijo...

espectacular regreso, como era de esperarse.
y ¡larga vida a las chicas del campo!

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

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