jueves

la muy jodida al pedo, la tesis

¿Pero vos sabés cuántas minitas así conozco? Está todo bien, pero está lleno: las conozco, me las sé de memoria, me dijo. Son de clase media alta, pegan viaje exótico, tienen algunas inquietudes, fotos con pobres, laburos con algo de compromiso sociopoético.
Bailan danzas afro, son bardeables, pegan super cámara para hacer unas fotos insulsas, son poco espontáneas, laxas, estúpidas a veces. Algunas hasta tienen las tetas hechas, todos los álbumes de todo lo que les pasa, así, repartido en feisbuc. Algunas, y me atrevo a pensar en la mayoría, son medio feuchas. Por eso los viajes y los pañuelos y todo lo hippie-bohemia-vintage que se pueda ser, todo lo googleado.
La mayoría usó el seudónimo de la maga alguna vez; otras son más tristes, más lastimeras, más insistentes, patéticas. Pero al fin y al cabo también están las que son inofensivas, las que con su vida hacen lo que pueden, otras que son buenas, son amigas y se nos parecen mucho más de lo que queremos, aseveró.

Fah.
Mierda que la tiene pensada esta jodida al pedo.

martes

Sobre un barco llamado Meipe

Desde la terraza de una lancha,
desde el pasamanos de la terraza de una lancha
que dice Meipe
vino a jurarle de todo.
Pero ella de buena escuela le dijo no te hagas el gil
que a vos te sé de memoria
y él se hundió en el fondo de una taza
él y su malla pensada,
su terraza y pasamanos.
No me vengas a chichonear, apuntaba ella con el dedo,
que tus zarlengas me las conozco así así -le mostraba la palma abierta-.
Apuntó y apuntó hasta ver las burbujitas,
la muy jodida al pedo.

viernes

Todavía hoy en el Gran San Juan se mantiene la cortina de flecos y pelotitas de colores y el SIFEM nunca pudo explicar por qué


Cuando estábamos en la puerta del Topsy de Avenida Argentina y Provincia de San Juan dijo que su tía aún creía ser la responsable del terremoto del 44, que había discutido con una vecina mientras salían de la verdulería. Algún quilombo de chongos, agregó. El caso es que la puteó y la reputeó y mientras la reputeaba el piso comenzó a sacudirse y el asfalto se volvió una sola grieta. La vecina la señalala a medida que las cosas se convertían en escombros y la tía, todavía con las bolsas en la mano, buscaba el marco de la puerta de la verdulería que nunca, en veinticinco años, había tenido puerta. Así es cómo mi tía provocó el terremoto de San Juan, dijo, con un hija de re mil puta y la recalcada concha de tu vieja.

martes

Buen día, día

Si me concedieran un deseo pediria dos o tres. Pediría una terraza con sogas y una manguera, un perro, despertarme así todos los días; pediría cosas como mujer, como madre, como novia, como hija. Hasta entonces peleo por eso todos los días, a pesar de los fantasmas que a veces se cuelan, y el pasado. Hasta entonces.

miércoles

A la noche, y antes de dormir

El cambio se dio por un sombrero como de vaquero. Cowboys, decían.Juntaban pilas gastadas en una botella de plástico como si eso fuera parte de una tarde del campo: zanahorias, pastos largos. Huecos que, aunque no lo supieran, eran cuevas de tarántulas. Tarántulas que se paran en dos patas y saltan, y siempre vienen de a dos. El cielo se partía en dos capas perfectamente diferenciables: así pasa en la tarde del delfín acá en Ecuador, me había dicho mi primo: el agua se divide como si tuviera aceite, y ahí está: la tarde del delfín rosa. Pero ellos con sus sombreros de vaqueros y sus camperas de jean llegaron tarde a Mercedes. Ahí a cinco kilómetros del pueblo, que se une por un pequeño puente con un poco de agua donde las vacas que no se te cruzan a la noche en medio de la ruta se ponen a pastar. Ese puente que fue centro de muchas historias de terror de mi infancia: donde misteriosamente había muerto alguien, donde una vieja con harapos y pelo blanco se colgaba de la parte de atrás del auto y ahí cagabas. Una superproducción en un campo que ya no es, que a veces recuerdo pero sólo para no terminar de olvidarlo. O Berrotarán y su arroyo, que en el verano del ochenta y nueve se secó y mató a todas las vacas: me acuerdo del olor putrefacto que entraba por los postigos, que se había adherido a la casa. Cuando por primera vez me dieron la llave de mi casa, de eso hablábamos con Juan el otro día. Los sombreros de vaqueros apoyados en el borde de una enorme pileta vacía que, en otras épocas, había sido escenario de competencias olímpicas, de el zorro va. Lo que no olvido es una tarde que llovía a cántaros mientras cruzaba el campo que dividía mi casa de la proveeduría: me acuerdo que yo tenía botas de lluvia y short y que los pastos mojados me hacían picar las piernas. Me acuerdo lo rojas que quedaron mis manos por la cantidad de sachets de leche que me había pedido mi vieja que comprara. Creo que traía como cinco, que me cortaban la circulación y me hacían llorar en medio de una lluvia que tapaba todo dos metros adelante de mis ojos. No tuve miedo pero me dolían las manos, me picaban las piernas. Mentira: tenía terror a cruzarme con una víbora o una vizcacha (había visto sólo una, muerta y de espaldas), pensaba que la picazón de las piernas eran picaduras de tábanos, arañas, hormigas rojas. El pasto estaba tan pero tan largo y todo estaba tan inundado que por un momento pensé en cocodrilos. No sé qué hay de interesante en una pose, no lo sabía tampoco en ese entonces. Escribo para no olvidarme, porque de pronto huelo algo que me es familiar y ahí aparecen un montón de cosas en las que no pensaba hace años. Eso les dije a los de sombreros de vaquero, a sus botellas llenas de pilas gastadas, a sus cámaras de foto: escribo para no olvidarme, y para contarle todo eso a Julia  si quiere, a la noche y antes de dormir.



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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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