Fue el mismo verano en el que el arroyo de Berrotarán se secó: murieron las vacas y el aire se llenó del olor a podrido de las piedras secas, de los cueros secos tirados en la orilla, de la nube de mosquitos que marcaba los perímetros que no dejaban de repetirse en los metros en los que apenas se divisaba el hilo de lo que alguna vez fue un río en el que, por decirlo de algún modo, aprendí a nadar.
Fue el mismo verano en el que una mañana vi abierto y a la cruz al corderito que hasta el día anterior había sido mi mascota. Se morían las vacas y asaban las mascotas. Todos estaban del orto, en esa casa que se me presenta tan verde y frondosa e interminable que no creo que jamás haya limitado con una ruta o una parada de interprovincial; ni siquiera con un camino cualquiera.

1 que no durmieron siesta:
arguedas con polleras
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