miércoles

Enero es un poco de vae parecó

Puedo llamarte a las 2 de la mañana y encontrarme con una mujer que me intercepta el deseo pidiéndome un prefijo,  y yo no sé si estás en salsipuedes o curuzú cuatiá.
Y los chingolos piensan que cuando estás conmigo estás con un símbolo guaraní, una cachipeló o añamenbuí. Lo único que me dejó el litoral fueron malas palabras. Lo único que me dejó paraguay fue el dolor paraguayo, y unas ganas locas de los 27´.
Un viento mueve las nubes y aleja los mosquitos y las juanitas. Pido sfijas mientras pienso en Tucumán como una guerra y mis orejas como sus trincheras. Vinchas y bambula. Chalecos naranjas y los únicos carteles en el pueblo, que dicen contramano. Las canciones de fogón siguen siendo las mismas, aunque yo siempre haya preferido la máquina de hacer pájaros. Un momento, a veces, sólo es descriptible desde los insectos que (me) lo  violentan. Veo un abejorro y me voy a los 90`, a una pupera y un corpiño para unas tetitas incipientes que tiemblan ante el pinchazo. No traje papeles ni libros propios: no quería pecar de pelotuda. Pero acá estoy, escribo mapas y me cruzo una vez más con la mina rubia de anteojos que veo desde que tengo 19. Recién hablé cuando me quedé sin música y necesitaba estacas para el huracán: mi voz salió como de una alcantarilla. Y esta vez juro que no hay un dijo, hay unos envases por los que entra la luz de un reflector lleno de bichos que no conozco, y tres horas de sueño con la espalda torcida; hay un pibito que para en la plaza de mi casa y me dice que viene del whisky y va por un porro. Y para qué decir cualquier cosa, si me ayuda con los parantes. A veces el sueño se me acumula en treinta y siete años, a veces sólo puedo comportarme como un animal atravesado por un montón de historias inconexas, de escenas contradictorias. Pero todo termina cuando cae el jabón en la bañadera y te veo llegar, ahora, mientras las calles de tierra sobrevuelan furiosas.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando