Puedo llamarte a las 2 de la mañana y encontrarme con una mujer que me intercepta el deseo pidiéndome un prefijo, y yo no sé si estás en salsipuedes o curuzú cuatiá.
Y los chingolos piensan que cuando estás conmigo estás con un símbolo guaraní, una cachipeló o añamenbuí. Lo único que me dejó el litoral fueron malas palabras. Lo único que me dejó paraguay fue el dolor paraguayo, y unas ganas locas de los 27´.
Un viento mueve las nubes y aleja los mosquitos y las juanitas. Pido sfijas mientras pienso en Tucumán como una guerra y mis orejas como sus trincheras. Vinchas y bambula. Chalecos naranjas y los únicos carteles en el pueblo, que dicen contramano. Las canciones de fogón siguen siendo las mismas, aunque yo siempre haya preferido la máquina de hacer pájaros. Un momento, a veces, sólo es descriptible desde los insectos que (me) lo violentan. Veo un abejorro y me voy a los 90`, a una pupera y un corpiño para unas tetitas incipientes que tiemblan ante el pinchazo. No traje papeles ni libros propios: no quería pecar de pelotuda. Pero acá estoy, escribo mapas y me cruzo una vez más con la mina rubia de anteojos que veo desde que tengo 19. Recién hablé cuando me quedé sin música y necesitaba estacas para el huracán: mi voz salió como de una alcantarilla. Y esta vez juro que no hay un dijo, hay unos envases por los que entra la luz de un reflector lleno de bichos que no conozco, y tres horas de sueño con la espalda torcida; hay un pibito que para en la plaza de mi casa y me dice que viene del whisky y va por un porro. Y para qué decir cualquier cosa, si me ayuda con los parantes. A veces el sueño se me acumula en treinta y siete años, a veces sólo puedo comportarme como un animal atravesado por un montón de historias inconexas, de escenas contradictorias. Pero todo termina cuando cae el jabón en la bañadera y te veo llegar, ahora, mientras las calles de tierra sobrevuelan furiosas.

1 que no durmieron siesta:
ídola
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