sábado

Semen up

Quizá para saber que era el final sólo hubieran sido suficientes quince minutos más en el sillón con todos ellos: habíamos hecho un club de lo miserable, sí, pero sólo después de haber brillado y encantarnos entre las planchas de neón de la calle betlem que jamás antes había tenido tantos puntos chillones, ni tantas visitas.
Antes de caminar  por esas veredas angostas todos habíamos pasado una temporada en el sillón, en pijamas, los brazos por todos lados, las piernas enredadas, los ojos que no podían más.
A uno de ellos lo habían dejado hacía menos de unas horas y entonces llegaba ella que venía de coger con el vecino sin antes haber dejado de coger con el que tocaba la guitarra en el bar de la noche anterior. Ahí él arqueaba el mentón por primera vez en siglos y trataba de entender: la seguía y le preguntaba cosas que ella eligía contestar con respuestas evasivas, con otras preguntas, con un qué se yo.
Entonces yo me cogía un mexicano que llevaba un picante de bolsillo: a la mañana bien temprano cuando todos se tiraban en las sillas y hacíamos café, el mexicano sacaba su picante y entonces alguno le hacía algún comentario estúpido sobre el picante y el café y el mexicano no se iba más. Una mañana el mexicano me habló de méxico y de una mudanza y de que trabajara como profesora en df, y yo le dije que sí, me gustó pero quería dormir y entonces él habló más y más mientras yo me ahogaba entre las sábanas, mientras me dolía la cabeza, mientras no quería nada.
El mexicano había sido un respiro después de una temporada de sillones, pero sin darme cuenta empezó a impregnarse en mi cuarto y de pronto todo comenzó a oler a picante. Me llamaba mientras yo pensaba que iba a venir otra vez y otra vez iba a traer su picante, cuando yo lo único que quería eran tostadas a la mañana y tereré a la tarde, estupideces que estuvieran llenas de mí o el bosque de santa teresa,  la limonada de las yungas o un huequito para dormir.

martes

De súbito

De súbito, estalló la guerra. Se abrió como una bomba de azúcar
arriba de las calas. Primero, creíamos que era juego;
después, vimos que la cosa era siniestra. El aire quedó
ligeramente envenenado. Se desprendían los murciélagos
desde sus escondites, sus cuevas ocultas caían a los platos,
como rosas, como ratones que volvieran del infinito,
todavía, con las alas.
Por protegerlos de algún modo, enumerábamos los seres y las cosas:
"Las lechugas, los reptiles comestibles, las tacitas...".
Pero, ya los arados se habían vuelto aviones; cada uno, tenía
calavera y tenía alas, y ronroneaba cerca de las nubes, al alcance
de la manos pasaron los batallones al galope, al paso. Se prolongó
la aurora quieta, y al mediodía, el sol se partió; uno fue hacia el este,
el otro hacia el oeste. Como si el abuelo y la abuela se divorciaran.
De esto ya hace mucho, aquella vez, cuando estalló la guerra,
arriba de las calas.


De "Los papeles salvajes" 1991

miércoles

Enero es un poco de vae parecó

Puedo llamarte a las 2 de la mañana y encontrarme con una mujer que me intercepta el deseo pidiéndome un prefijo,  y yo no sé si estás en salsipuedes o curuzú cuatiá.
Y los chingolos piensan que cuando estás conmigo estás con un símbolo guaraní, una cachipeló o añamenbuí. Lo único que me dejó el litoral fueron malas palabras. Lo único que me dejó paraguay fue el dolor paraguayo, y unas ganas locas de los 27´.
Un viento mueve las nubes y aleja los mosquitos y las juanitas. Pido sfijas mientras pienso en Tucumán como una guerra y mis orejas como sus trincheras. Vinchas y bambula. Chalecos naranjas y los únicos carteles en el pueblo, que dicen contramano. Las canciones de fogón siguen siendo las mismas, aunque yo siempre haya preferido la máquina de hacer pájaros. Un momento, a veces, sólo es descriptible desde los insectos que (me) lo  violentan. Veo un abejorro y me voy a los 90`, a una pupera y un corpiño para unas tetitas incipientes que tiemblan ante el pinchazo. No traje papeles ni libros propios: no quería pecar de pelotuda. Pero acá estoy, escribo mapas y me cruzo una vez más con la mina rubia de anteojos que veo desde que tengo 19. Recién hablé cuando me quedé sin música y necesitaba estacas para el huracán: mi voz salió como de una alcantarilla. Y esta vez juro que no hay un dijo, hay unos envases por los que entra la luz de un reflector lleno de bichos que no conozco, y tres horas de sueño con la espalda torcida; hay un pibito que para en la plaza de mi casa y me dice que viene del whisky y va por un porro. Y para qué decir cualquier cosa, si me ayuda con los parantes. A veces el sueño se me acumula en treinta y siete años, a veces sólo puedo comportarme como un animal atravesado por un montón de historias inconexas, de escenas contradictorias. Pero todo termina cuando cae el jabón en la bañadera y te veo llegar, ahora, mientras las calles de tierra sobrevuelan furiosas.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando