martes

cualquier cosa que pudiera caminar llorar caerse a un pozo

Me preguntó anoche si recordaba cómo era despertarme sin jamás haber tenido miedo,
caminar resuelta y en ojotas por un camino improvisado de piedras lleno de culebras y alacranes.

Cruzabas el alambrado y de antemano y a lo lejos veías al dueño, su boina, la escopeta en mano. Veías a los cebúes romper el alambrado y caminar afuera de tu casa, los ruidos a la noche. Las tardes después de la lluvia: todos los huecos del jardín se inundaban y las tarántulas salían a respirar: veías desde la ventana multitudes peludas que se paraban en dos patas, hacían equilibrio unos segundos para después saltar unos centímetros sin una aparente dirección predeterminada. Y lo sabías porque por primera vez estabas en medio de la nada, y lo primero que viste fue un patio lleno de huecos y con las ramas que caían de los eucaliptos hurgabas y metías y apretabas contra el fondo, para después gritar y salir corriendo cuando se hiciera presente lo que nunca hubieras esperado ver. Lavabas la bici roja con una manguera sólo para aprender, sola y en vivo, que cuando hay agua salen las arañas, y que siempre vienen de a dos.
Manejabas un machete: cortabas una víbora como un salamín. Y ahora te despertás por el sol entre unas persianas de bambú que nada traen de eso. Abrís los ojos, bruscos, y pedís cambiar de sueño, mirás el techo y pedís cambiar de sueño.
Después le contás que querés asaltar un rancho, navegar un pantano o caminar entre maíz, aunque el maíz te lastime las pantorrillas. Ves los pastizales largos y sabés exactamente todo lo que puede haber ahí, y lo que le agregarías. Pero después metés todo eso en ochenta metros cuadrados y las paredes rebalsan porque la pintura se dilata y sólo les queda estallar, romperse en partículas y explotar el chino de abajo, el colegio de al lado, la cruz roja de la esquina. Y si explotan salen víboras y muchas cartas de los noventa, frascos de bichitos de luz y la espada del ojo del augurio, salen todas las camas y todas las veces que te mediste en una pared, y en la misma pared nunca hubo más de dos marcas.
Pero está bien. Abrís los ojos y te bancás lo que venga, porque no te queda otra. Levantás la vista y entonces alguien dice que ve una mancha y víboras y pantalones cortos de flores.

Y está bien.

Abrís el balcón de par en par una tarde cuando el sol está rojoamarillonaranja y ves en ochenta metros cómo explotan todas las paredes de todas las casas: cómo vuelan las víboras, las cartas de los noventa y las primeras veces de todas las cosas de todos.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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