lunes

los goles de lunes a lunes

Hubieron noches en las que devorábamos las letras de los teclados o la tinta de los boletos de colectivo. Hubieron días en los que nos manchamos con el diario y en seguida nos rascamos la cara:
rompimos cajas de cigarrillos persiguiendo la parte blanca, bajo el designio del mendruguito de la punta del lápiz, rallamos las hojas mientras intentábamos que las biromes tuvieran algo más, por favor, para escupir. Después estaban las que escribían entrecortado.
Hubo noches que fueron grabadas: en pelotas, en la parada de algún colectivo. Hubieron guitarras y cajas de pizza. Hubo mucha cerveza descartable, panfletos, dnis, libros.
Y ahora qué.
Abajo se escucha una batería,
a la mañana un taladro y los chicos de la escuela de en frente que con sus vocecitas gritan lareconchadetumadre o putodemierda,
los goles de lunes a lunes,
las señoras de taco aguja que piden el asiento,
las reuniones de consorcio
y las películas online.

jueves

El fin del club del tránsito es dígale no.

Antes de que esto vuelva en forma de remeras, los formantes, contribuyentes y militantes en carne viva de lo que fue el club del tránsito dicen que pueden, por la adscripción a una extraña travesía o la extremada estupidez, decir dígale no.

a los solemnes
a ciertos gorros en ciertos personajes
a continuar la etapa del tránsito pasivo
a retrasar la caída del proceso de tránsito
a los cuartos como cajas
a las personas como cajas
a las carlitas
a los misteriosos y cortantes planos a cámara de todos los pauls
a los líderes pedorros
al espíritu de la escalera

sábado

citadel o los aliados

Hablaba de la revolución pero a veces había noches en las que sabía que se iba a dormir con ganas de agarrar un palo de amasar y salir a tomar un rancho en la punta del límite de la frontera de algún lugar, una parada en medio de la ruta que ni siquiera simule ser una terminal improvisada. Después comía un tostado y cantaba los últimos tres minutos y medio de un disco antes de se termine la pila mientras caminaba por la calle rogando mendruguitos de música hasta la esquina, al menos. Me dijo anoche "Boluda, cómo no voy a ser el mejor garche? ¡tengo proyector!" y el vino que había empezado a respirar después de andá a saber cuántos años se desparramó desde la copa al sillón, desde mi boca hasta todo lo que pudiera caminar llorar caerse a un pozo. Tomar un rancho y tratar de impedir el estallido del vino que desde un momento se había vuelto inminente, catastrófico a veces: los codos se aflojan y de pronto las rodillas, la luz de mi cuarto a la tarde o un tanque de agua.

domingo

todos los días pájaros, y los que no, tres tragos

Así de fácil: mientras desparramaba sus miserias en mis brazos abiertos hablaba de la fortuna que acechaba en todo lugar donde arremetieran las puntas de mis dedos.  Me impresioné, lo admiré y al final no le creí nada.
Lo primero que supe es que era uno más de esos que toman tres tragos sólo para poder entrar a la casa y decir, como al pasar, hola. Después pensé en la obligada flecha entre los tres tragos y como al pasar.
Pero entonces poco importaba hablarle de la plenitud o del olor a la mañana del once de enero. Sólo podía pensar en los tres tragos y en la estrella que me atribuía. Poco importaba que yo quisiera mostrarle todo lo que había aprendido o le contara de esos pocos minutos en el mundo en que me deshago en átomos y alguien lo nota. Y él en seguida dijo que entonces ese alguien debe morir porque ahora y desde ese momento sabe demasiado. Y creo que por eso me quedé. Por eso y para contarle que así cualquiera quiere tostadas todos los días y luz entre las persianas.

viernes

Antes los pibes nos cortejaban: ahora y a veces se caen de minita

Caminamos por Córdoba con minch en medio del verano y con dos helados del futuro. Pero antes nos habíamos visto en un espejo público mientras añorábamos ciertas facetas de los dieci.Y antes de eso alguien dijo: vos sos una mujer-ave, pero sólo después de haber dicho: yo soy un gato-nutria-volador. 




(Y eso es como decir, hoy y más que siempre, una línea recta hacia).
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando