martes

cinco cervezas y dos años y medio después

Me preguntó anoche si recordaba lo que era levantarme en medio de un cerro,
ver la cumbre para anticipar la tormenta o las tardes húmedas de sol.

Salías al balcón de un primer piso y veías el cerro ¿no extrañás eso?, me preguntó anoche.
Le dije que sí, y que además recordaba haber llegado a una ciudad desierta un diez de enero, le dije que también me acordaba cuando, de un momento a otro, la ciudad desierta se pobló de chicos con bombuchas que mientras me acorralaban me miraban el culo. Al principio me incomodó hablar porque delataría mi condición de forastera. Pero después les dije que iba al hospital y casi sin darme cuenta (y gracias al juego de quemar las retinas) mantuve el simulacro hasta la puerta de la Clínica Modelo.
El cerro siempre nos volvió locos. El baúl de un renault dieciocho rural provisto para una cantidad de personas infinito puntito rojo respecto de Sebastián y de mí. Hablar de Germán, de las cartas previas a un viaje a Brasil.
Cuando nos dábamos cuenta siempre era de día: en el cerro, en la terraza, en mi balcón, en los banquitos de abajo de casa. Siempre una guitarra y siempre fernet. Y yo odiaba el folclore y en ese entonces lo que el fernet le hacía a mi estómago.
Sí, me acuerdo el momento exacto en que pasó todo lo que pasó:
El ruido del balde que se llenaba y escuchar desde la cama que abajo y siempre a las siete en punto Juan no cerraba nunca bien la canilla,
ir al video póker de Muñecas y comer sanguchitos de miga y coca o fernet en vez del colegio,
ratearme y encontrármela a mi vieja de frente en la calle,
ver llegar a mis hermanos,
abrir la clase de historia durante dos años seguidos porque la Mataca deducía que como yo era porteña entonces:
puta
drogadicta
jipi
prepotente.

Y que entonces debía pagar por eso.

Me acuerdo de Agustín, y de cómo una noche y pocas semanas antes de irme vino a casa y recién después de cinco cervezas y dos años y medio dijo que no quería ser mi amigo, que nunca había querido ser mi amigo. Y yo le dije que era un tarado. Así que no fuimos amigos por el tiempo que quedó: poco más de un mes entre cajas, preparando matemática, pegada a los banquitos, agarrada del pasto del cerro y caminando de la mano. Era verano y nos tirábamos en la galería de mármol que daba a plaza Urquiza, en ese momento lo único en Tucumán que no llegaba a los cuarenta y dos grados.
Me dijo que se acordaba de mis desmayos, y de lo ridícula que me veía con el frasquito de sal gruesa. Y qué querías que hiciera, veía todo negro y de pronto me estabas levantando del suelo. Que una vez casi me desnuco, y que él empezó a ponerse nervioso y fue un momento horrible.

Me preguntó si recordaba lo que era levantarme en medio de un cerro,
ver la cumbre para nunca haber anticipado ni la tormenta ni las tardes húmedas de sol.


viernes

domingo

yo me muevo entre las cosas

Te quiero explicar:
Sucedió un día como hoy, que es como decir hoy, y decirlo dos veces:
Una luz me daba de lleno.
Algunos no podían dejar de dejarlo todo.

jueves

en flores y en sandías

Me pongo una pollera
y no construye ningún puente.
Me pinto los ojos
y no es buen músico.
Le digo basta papafrita, no te lo digo más.
Y cuando no se lo digo más
escribe los mejores cuentos,
inventa los mejores lugares
y se convierte en un genio.
Lo que dice es tan lindo
que cuando habla quiero que se callen todos.
Que todo se quede en silencio y lo
escuche.
Pero no a mí,
no quiero que vean cómo muevo los pies
en ese momento.
Espamos chiquitos como rápidos.
(Estiro la punta de los dedos, como para alcanzarlo, como para cubrirlo y agarrarlo con la punta de los dedos de los pies).
Y ya no quiero puentes:
no quiero música
ni poesía.
Quiero una bici.

martes

leave the gun, take the cannoli o los martes en familia

Lo bueno de los italianos es que tienen un corazón grande enorme- dijo una vez mi abuela. Mientras la otra delira poemas porno en un geriátrico de lujo y se enoja porque no los cuelgan en la vitrina -amén de las malas palabras que versifica-, ella enloquece porque ya no tiene quince años y el whisky dejó de amoldarse a su estómago como una guinda. Por cosas como éstas es que los hombres de mi familia mueren primero: llegar a ese punto de no retorno está destinado exclusivamente a las que heredaron tetas y caderas y dos erres y dos efes que, aparentemente, quedarán sólo en nosotras.
Un martes en el que se juntan tres parciales, la separación de una -al parecer apresurada- convivencia y el despido de un trabajo. Mientras mi vieja plancha un pantalón y espera que se enfríe la tarta de verdura (porque la carne ya está más que condimentada), llama por teléfono y dice mi amor no te preocupes, va a estar todo bien, pensá en el parcial. (Lo dice dos veces a dos personas diferentes y por no iguales razones). Entonces cuando cuelga y retoma la plancha me dice que no hay nada peor que te rajen de un laburo. Pero yo le digo que sí, y que es que te rajen de dos y entonces me mira y se le llenan los ojos de lágrimas porque tuve razón, pero me olvidé de decirle que además era una broma (porque me olvido que a veces tengo que justificar las bromas que hago sobre mí).
Entonces mi vieja se baña y yo dejo los atracones del estudio y vacío el mate mientras mi viejo saca una jarra de jugo y una botella de cerveza sólo para que nos sentemos a comer sabiendo que bastan quince minutos para los gritos y las carcajadas de los martes en familia.

lunes

un montón de minutos que pudieron haber sido un viaje

Dijo que no sabía exactamente en las cosas en las que se detenía. No entendí. Volvió a decírmelo. Le pedí que cambiara las palabras. Hablaba de detalles, y al hablar de detalles se explayaba como nunca nadie lo hizo antes nunca. Ah, los huecos los lunares los huesos las muecas de la boca el modo en que sostiene un vaso o un cigarrillo o a mí? Sí. Eso mismo. Le dije que hubiera empezado por ahí, que me hubiera dicho que de pronto en cualquier lugar y en cualquier momento, aparece. ¿Un minuto en el mundo?. Sí! un minuto en el mundo, dije. Ah, pero hubieras empezado por ahí: los huecos los lunares los huesos las muecas la forma de agarrar un vaso, un cigarrillo o a mí.

jueves

el lado b (parte II)

Están los pequeños gestos de grandeza y también los gestos de mierda. Los domingos de asado al mediodía en una terraza con amigos y los domingos rotos. Existen los jueguitos pedorros y también plantarse e ir de frente,
la limonada maldonado en botella de vidrio
existe el cerro san javier (porque yo lo ví)
existen los momentos de verdad
y todo el resto de los momentos.
existe la explosión de una mochila en un colectivo y existe un amigo que te la arregla con dos pajitas violetas. existe que (al fin y por primera vez en el día) te rías y le digas que encima te combina con lo que llevás puesto.
Están las cervezas en la vereda y acurrucarte en invierno. Existe taparse por miedo con una sábana cuando hay 35°. Están además los roces
de pieles
de miradas
de manos
de piel de gallina
de sábanas (otra vez).
También los aniversarios,
los buenos y los otros.
Existe ponerte fucsia
Existe decir creo que quiero todo con vos y curtite te vas a la mierda.
Existen los mendruguitos de música una noche de frío mientras volvés a casa
Están los semáforos en rojo.
Los banquitos de sarmiento, el terror en la cancha de atlético, la culpa, las mejores palabras, las limitaciones, el verano y los viajes y los detectives. Lo rancio. Existe deshacerse en átomos un minuto en el mundo. Existe un lugar que se llama el cementerio de elefantes y un momento en el que todas las sillas pierden una pata y caes de espaldas, los lunares y las fotos, la cerveza con amigos, y respirar.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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