jueves

hasta los huesos

Si te vas por más de dieciseis horas y volvés y te esperan con una lasagna que aunque de verduras, es una lasagna. Te sirven vino y te preguntan cómo te fue mi amor, pero vos lo único que querés es llenar la bañadera hasta que quedes arrugada, hasta que te duelan las yemas de los dedos, que se vuelvan punteagudas, que adivines la forma que van a tomar. O cuando piensa que no puede retenerte ni un segundo más, que te vas como arena y él cae como plomo. Que cruzas el río, que no lo dejás jugar en tu vereda, que es una vereda de mierda. Hasta los huesos. Hasta los huesos de llenar la bañadera y taparte a la noche con lo que puedas, de que los talones no te den más desde que suena un despertador que ni siquiera es tuyo. Pero de pronto, como si nada, un momento de verdad.

Lo aislás, lo guardás como. Después el despertador y los talones y las yemas de los dedos, pero a veces y cada tanto pensás que si no es el soplo es un momento de verdad. Y el cuerpo no espera. Está atento.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

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