viernes

camisetas y pelusas o lo estrictamente personal

No vamos a apagar incendios ni a pegar el azulejo roto del baño que con su punta filosa me destruye los pies todas las mañanas en todo lo que hago. Decís que llegás tarde a la revolución porque tu jefe te pide que te quedes cuarenta minutos más en el trabajo para que hagas-cortes-pegues-plastifiques un cartel para la oficina de su jefe. Y cuando salís ya estallaron las bombas y los pocos que se animan caminan convalescientes y hay heridos y la calle está caliente, la calle que no puede más. Llevas una trincheta y una escuadra pero estás descalzo y lloras entre el humo de unas bombas que no entendés de qué se hacen. Te mudas a mil doscientos kilómetros sólo porque yo lo hice primero, y claro, después están todas las bombas que no interrumpís y todas las veces que no me tocas con tus dedos llenos de pólvora porque no llegaste a tiempo.

sábado

Cuando ya es muy tarde para que apretes Cancelar Cancelar Cancelar

Me dijo que le molestaba que en la calle algunas personas caminaran tan pero tan cerca de él que parecía que efectivamente caminaban sobre él, que le pisaban el talón de las zapatillas o le bajaban apenas las medias. Después lo pensó un poco y dijo que en realidad no era que le molestara, pero que tampoco sabía exactamente qué era. Volvió a pensarlo. Me dijo que era como una competencia silenciosa entre dos personas que comen personas, que se comen así mismas. Un pleito entre autofagocitadores, me dijo. Y yo dibujé la palabra en mi cabeza, le puse parámetros y me permití dos o tres licencias de asociaciones libres. Me dijo que podían empezar comiéndose un brazo, y que quizá alguno se atragantaría cuando llegara al codo, que incluso podría llegar a ponerse pálido o un poco violeta, que se quedaría sin aire pero sin embargo no dejaría de tragar su propia piel, de tragarse los músculos, las venas, los pelos y los lunares sin siquiera masticarlos. Pero yo no le sugerí que en realidad no se hartaban de sí mismos, porque claro, también están todas las guerras que yo no elijo.

domingo

La buena noticia sos vos

Todo el hombre de un hambre que camina, con los pies pesados, sobre unas baldosas de lugares comunes, sobre un piso que no tiene relieves ni huecos ni granito ni nada. De unas palabras detrás que dicen cosas que yo adivino pero que no siempre entiendo. Todo hombre que camina tras de mí pero sólo uno que tiene algo que es mío, encerrado en una flor encontrada con colores fuertes y vivos y jóvenes y caducos, pero una flor que no conozco, que no nombro porque no sé cómo se llama, porque no sé cómo le pusieron.
Arriba y abajo, te elijo entre los huecos y los remolinos, entre las aureolas de la pata de la cama, entre la silla que cae, inevitable, y raja el piso que no tiene relieves ni huecos ni granito ni nada.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando