viernes

Vendrá una escalera y una puerta, después un escenario enfrentado a cien butacas de terciopelo rojo, o Carlita.

Miércoles. Dos minutos antes de que Carla encabece lo que ciertas mujeres identifican como una guía del comportamiento femenino, guarda su cuaderno y descansa los párpados sólo un instante. Luego vendrá una escalera y una puerta, después un escenario enfrentado a cien butacas de pana rojo:
-Bienvenidas al Club del Tránsito- dice apoyada sobre el escritorio de un anfiteatro que antes había sido utilizado para encuentros de una religión alternativa proveniente de Brasil.
A los once años, Carla escribió un ensayo acerca de la influencia cabalística en la poesía gauchesca y, tanto La Academia como los medios de prensa ponen en duda, aún hasta el día de hoy, si la magnánima obra del nobel Joaquín Rodríguez Puenza, El gaucho y la cábala, fue inspirada en el texto de la pequeña. Aún así, Carla decidió que su camino habría de forjarse con andamios de otro tipo:
-Carla, hola, soy Patricia. Estoy en pareja hace tres años y no veo ninguna señal que indique que mi novio vaya a pedirme casamiento. Tengo treinta y ocho y quiero tener un hijo.
Carla siempre había odiado el comportamiento de su género ante las estúpidas inclemencias del sexo masculino, ante la bobería y la crueldad. Su punto fuerte de crítica eran las amas de casa:
-Entiendo, Patricia. Apuralo, llegás a tu casa y lo planteas pero no pierdas más el tiempo. Los hombres no son indecisos, sólo son unos perfectos evasores. ¿A qué te dedicás?
-Soy ama de casa.
-Bien. ¿Alguien más?
-Sí, Carla, me llamo Noelia. El sábado fui al cine y a cenar con un chico y estamos a jueves. Mis amigas dicen que ya me va a llamar, que se hace el difícil, pero yo ya no sé, y a mi me gustó mucho.
- Bueno, lo que… - no termina de decir Carla cuando, incontinente, una mujer de voz suave decide tomar la palabra:
-Pero también hay que considerar las situaciones extraordinarias, mirá por ejemplo si perdió tu teléfono, o tuvo algún accidente, o si le cuesta expresar lo que le pasa.
-¿Cómo te llamás? –pregunta Carla a la eterna fabricadora de nubes.
-Liliana.
-Bien. Noelia, olvidate de todo lo que acaba de decir Liliana. Los teléfonos no se pierden y las personas no se accidentan, y el ochenta y nueve por ciento de los hombres con los que debe estar acostumbrada a salir terminaron la primaria, así que no es un tema de expresión. No le debés haber gustado tanto, y eso no es malo, pero no por eso vas cerrarte a una sola posibilidad, tenés que salir y seguir adelante.
El público reacciona satisfecho ante la lucidez de esta mujer que pareciera quitar, una y otra vez, el velo de sus ojos. El Club del Tránsito fue, gracias y a partir de Carla, un compendio filosófico en la vida de toda mujer que se encontrara entre los veintisiete y los cuarenta y tres, y rebasar los límites de esta franja era inadmisible para Carla porque ella no tomaba en serio a las mujeres de menos de veintisiete y no veía solución para las de más de cuarenta y tres.
A la noche, después de cenar y mientras toma café, Carla dedica tiempo a la lectura de aquello que fue la esencia del Club del Tránsito: un pequeño cuaderno con una cinta roja que describe, con relevantes observaciones, veintiséis mujeres, veintiséis sentencias acerca de las mujeres que alguna vez frecuentó su ex novio Fabián. Cuando decidieron terminar la relación Fabián olvidó, entre tantas cosas, el diario que había llevado toda su vida y que dedicaba exclusivamente a las mujeres. Veintiséis eran las descripciones, veintiséis casos diferentes, pensó una vez Carla y luego pensó que en realidad las esencias originales eran seis o siete y el resto combinaciones del tipo A-B, B-X-, C-F.
Hasta el momento sólo se había permitido la lectura de los primeros dieciocho casos, y las conclusiones eran deducidas de notas como: Nadia, le gusta acurrucarse, cuatro llamados al día, el quinto con voz ronca y vengativa. Soledad, quiere hijos, no le gusta su culo, virgen. Así, Fabián había removido el velo de los ojos de Carla, por eso cuando se enfrentaba a una multitud de mujeres sedienta de técnicas y lógicas de una filosofía del comportamiento femenino Carla no vacilaba en realizar las combinaciones en su cabeza luego de una pregunta: G-H y un poco de E, pensaba antes de contestar a la mujer que, si expresaba su deseo de ser madre, no debía perder el tiempo, usar más polleras y perder la timidez.
Miércoles. Vendrá una escalera y una puerta, después un escenario enfrentado a cien butacas de terciopelo rojo:
-Bienvenidas, veo menos gente, eso es bueno –dice Carla y el público ríe conforme.
-Carla, me puse de novia luego de dar vueltas por un tiempo y mi novio me dice que tiene ganas de extrañarme, que quiere tener momentos de espontaneidad y que no necesitamos saber todo el tiempo lo que el otro está haciendo. No sé, pienso que quizá está con otra y eso me genera una doble inseguridad que hace que esté más encima de él y todo se vuelve un círculo vicioso, no sé qué hacer.
-Los hombres se sienten acogotados de la nada, una se olvida una hebilla en el lavatorio y ellos empiezan a sentir que les invadimos el lugar, que nos queremos casar y pintar las paredes de rosa. Alejate, que te extrañe, concentrate en vos y en lo que querés.
-Si, perdón, vos, la de la remera verde, estabas con la mano levantada- dice Carla mientras estira el cuello para poder observar a la aún desconocida víctima victimaria.
-Sí, Carla, me llamo Belén, pero a mí me pasa lo mismo que a la chica que preguntó recién. Y lo entendí.
El aire de pronto se encuentra plagado de miradas de aprobación, de alivio. Carla no suspira, sólo mueve un poco el pie derecho, lo hace resbalar sobre la alfombra. A nadie parece haberle pasado algo diferente o nuevo y entonces Carla decide saludar y salir de ahí.
M-N-K-H piensa Carla mientras lee los casos diecinueve, veinte, veintuno y veintidós. En las anotaciones observa que comienzan a filtrarse comentarios poco útiles: hay una Florencia que no se depila, una Valeria que no se da cuenta y vive con lagañas en los ojos. No sirve, Carla no puede sacar nada de ahí, después piensa en las cosas que Fabián tendrá de ella, en si lo que tiene le servirá para algo.
Lunes. Carla enciende y apaga la tele, pone y saca películas de la videocasetera, lee un capítulo de siete libros diferentes, se recuesta sobre el sillón y luego descuelga la ropa. Antes de acostarse lee los casos veintitrés, veinticuatro veinticinco, y se lee a ella misma. Fabián escribió: Carla, tabique torcido, le gusta andar descalza, más inteligente que yo. Eso conduce a una flecha y debajo dice no.
Miércoles. A las siete de la tarde nadie toma el ascensor, tampoco a las nueve. Habrá una Liliana, una Belén, una Patricia. Llueve y en el subte está concentrada toda la ciudad, los vidrios empañados, los paraguas colgando. Vendrá una escalera y una puerta, después un escenario enfrentado a cien butacas de terciopelo rojo, o no.

domingo

Puedo batirte un café

Saco un poco del tabaco de mi cigarrillo, me pongo una remera y salgo al balcón. En la esquina luces y gritos y bailes y bombas y el micrófono en una mano equivocada. Mi vecino el guitarrista toca un poco de set me free pero al segundo se queda en silencio y después me parece escuchar el televisor.
Después pienso que no quiero que me llamen más desde la cárcel, ni que vos me pidas que sea puta y decente.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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