sábado

Sentada en bombacha en el piso del baño.

Abrió Tus piernas de Celofán en una página cualquiera y comenzó a leer: una tarde en el jardín de mi casa, R. se sentó en una reposera y se puso unos lentes oscuros que yo no conocía. Mientras tanto yo preparaba limonada. Cuando salí a sentarme junto a ella, vi que llevaba ropa interior algo raída pero sugerente y que tenía las piernas más abiertas que de costumbre, noté además que había dejado de depilarse y me asustó que entreabriera las piernas. En ese momento supe que R. ya no me amaba. Taboada cerró el libro de un modo brusco que no supo identificar si era consecuencia del sueño o algo más. Permaneció en silencio unos instantes frente al escritorio, luego caminó por la sala, se acercó a la biblioteca, miró los títulos de los libros y quizá hojeó alguno. Luego se dio cuenta de que había empezado a amanecer y volvió a la cama.Cecilia continuaba en la misma posición, quizá sólo movió apenas los brazos, pensó Taboada mientras intentaba determinar la trayectoria del cambio. Taboada extendió un brazo y luego los dedos de la mano hasta alcanzar la pierna de Cecilia, pero ella no respondió. Luego volvió a hacerlo y obtuvo el mismo resultado. Se alejó un poco para observarla mejor y notó que Cecilia tenía las piernas entrabiertas. No quiso detenerse en el rigor de la depilación porque quizá no podría soportarlo. Más tarde se durmió.

Cuando veo el recorrido del colectivo pienso que debería dejar de salir por donde salgo porque no hay más que pinchazos de colores y de olores.

o de si cierro los ojos o no cuando me abrazás, cansado y borracho y asustado.

jueves

domingo

El episodio del hombre desnivelado

En la barra y junto a él había un señor mayor de aspecto desprolijo: llevaba un traje que en un principio parecía mal abrochado, pero luego Taboada advirtió que la postura torcida del señor desequilibraba el nivel de los hombros y convertía su espalda en una línea diagonal:
-Bienvenido al insomnio- dijo de pronto el hombre desnivelado. Taboada le sonrió y levantó el vaso hacia él, luego bebió lo que quedaba de whisky y se marchó a su habitación.
A las pocas horas de comenzar el viaje se quedó dormido y al despertar no supo determinar si había soñado algo o no. De pronto recordó el funeral de Flux: Tucson tomaba la mano de Liliana Flux, a unos pocos metros Juana Orozco fumaba sola y en silencio; más allá, Urtiña lo tomaba del hombro a Mangione y le decía algo al oído. Recordó el escenario, las líneas de las miradas. Le pareció que en un momento Liliana observó a Juana y ella bajó la mirada. Estaba sola en un rincón y fumaba y al advertir a Liliana bajó la mirada. Curioso, pensó Taboada. Después y hacia la noche se dio cuenta de que compartía viaje con el señor desnivelado: lo vio caminar por el pasillo y pasar junto a él entre la oscuridad mientras se sostenía de los respaldos de los asientos, como si estuviera borracho o cansado o como si no viera absolutamente nada. Más tarde lo vio bajar, retirar los bolsos, y quedarse en medio de la ruta, en una parada invisible que ni siquiera se esforzaba por simular una terminal improvisada.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando