lunes

No siempre va a haber un señor que te diga: niña, niña, no vayas por ahí porque te pueden asaltar.

Taboada pensó que ella se veía descansada y fresca, hermosa y espontánea y que él tenía la frente sudada, la mano temblorosa, las ideas confusas. Cecilia tenía los codos sobre la mesa de la cocina y alrededor había dispersado lo que pensaba que sería el libro de sus libros. Taboada vio notas sueltas y por un instante deseó que fueran las de Mario Flux, luego tomo algunas hojas y las leyó. Mientras lo hacía, Cecilia comía tostadas que se deshacían en el aire y caían en la mesa mientras lo miraba con ojos más abiertos de lo acostumbrado. Taboada, aunque atento a las hojas, percibía la mirada de Cecilia que parecía suplicar por un comentario favorable, primero sintético, después extendido y quizá luego un detalle a corregir, pero sólo soportable en ese orden.
-Me parece que vas muy bien, me gusta, lo hacés interesante- dijo Taboada mientras se acercaba a ella y la tomaba de los hombros.
-Igual es un borrador- dijo Cecilia antes de que Taboada frunciera el ceño.
-Sí, ya sé, pero me gusta.
Eso fue todo. No hubo detalle, Taboada omitió el detalle que en realidad era más grande que un continente y que Cecilia denominaba filosofía alternativa. Más tarde abrieron una botella de vino y miraron una película en el sofá del comedor, con intervalos de caricias y miradas de intimidad porque la noche anterior Taboada había decidido que los kilómetros y las ciudades ya no existirían. Después la llevó al cuarto, le quitó la ropa y se durmió junto a ella.
Cuando Taboada abrió los ojos, su mano acariciaba a Cecilia y se preguntó si lo había hecho entre sueños o si había sido el primer impulso al despertar. En el desayuno le habló sobre su libro mientras ella tomaba té y la taza le ocultaba la nariz, parte la boca y el borde de arabescos era el marco inferior de los ojos y entonces el velo perfecto que, sin embargo y desde hacía dos noches, se había vuelto innecesario.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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