martes

peripecias del árbol necrológico o si no veo el cuerpo no está muerto

Hace muchos años cuando en una cena me senté a la mesa, Liliana abrió la conversación: qué queríamos que hicieran con nuestros cuerpos, pareció al principio una consigna espeluznante o, en ese entonces y para mí, una fachada de intimidad familiar. Después le di importancia pero sólo porque me dieron un papel donde toda la familia detallaba sus deseos o sólo me cargaba los muertos a los hombros. Les dije que creer en la muerte cronológica era absurdo y pensar que yo iba a cumplir todos sus deseos lo era aún más. Pero todos dijeron que yo me iba a morir última, y es probable que yo también lo crea hoy. Liliana dijo que quería que la cremaran y la tiraran al río como a su padre, Pedro dijo que mientras mis hermanos y yo discutíamos qué hacer mientras la urna estuviera en la mesa del comedor al lado de ceniceros llenos de colillas, yo aprovechara la disputa de los otros dos para correr al baño y después tirar la cadena. Cuando lo dijo, Liliana lo miró fijo, pero yo lo miré más y mejor y supe que hablaba en serio. En la nota faltaba el deseo de Pedro J., pero eso creo que es porque está enamorado y no cree que vaya a morir, o no le importa.
El sábado a las tres y media mientras yo estaba en la puerta de un bar y miraba la hora Zulma justo se estaba muriendo. Ahora la conversación espeluznante de mi fachada familiar no parecía tan absurda, aún más cuando Zulmita llamó por teléfono con el cuerpo al lado. Sea como fuere, Zulma debía estar maquillada. Zulmita se sentó a la mesa y discutió con el resto sobre qué hacer, qué hubiera querido su madre. Nadie lo supo. Entonces ahora la no conversación era un problema, porque Zulma estaba entrando en estado de descomposición y en unos minutos más ya ni siquiera iba a poder ser maquillada. Eugenio dijo que la noche anterior había ido con Zulma a una fiesta de quince y ella le había pedido daikiris de todo tipo y color y había bailado la lambada. Me dijo que Zulmita había dicho que Zulma murió mientras dormía, pero a Eugenio le pareció que se murió porque no podía más del pedo que tenía. Un miércoles de hace unos años eran las siete de la mañana y me bajé en la estación de Boedo. El cáncer, además de ser cáncer, se presta a situaciones estúpidas. Perder veinte kilos en trece días puede hacerte confundir de sala velatoria y notarlo recién cuando no ves a ningún conocido, hasta que Tomás te chista desde la sala de al lado y cuando entras se ríen los pocos que se animan.
Hace unos años una señora me dijo que si no veo los muertos, no lo están. Tuvo razón, pero a medias: dos veces mi madre me dijo por teléfono que estaba en una reunión en la que, entre otros, estaba María Inés, y yo suspiraba y le decía mamá María Inés está muerta y ella decía tenés razón y yo sabía que del otro lado del teléfono se pegaba en la frente con suavidad. Pero yo lo vi a Germán muerto, y aunque estaba enterrado en realidad estaba en todas partes y era horrible. Cuando Zulma se murió Juana estaba callada, no sólo porque era Zulma, sino porque se está quedando sola. Ella sabe que yo sé que ella piensa que es la próxima, y puede que tenga razón. Ya no se ríe mientras me cuenta de todos sus novios en todas las esquinas ni me pregunta cuántos novios tengo hoy: no dice nada y entonces la llevo al casino y tomamos un vaso de wisky que como una guinda se acomoda en su estómago pero al mío lo quema, lo abre al medio y todo queda expuesto. Tengo la lista, ¿pero y entonces yo? A mí me da igual.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

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