domingo

tiempos de sandía

¿Sabés que si no venís sos una garca, la mierda de las mierdas, no? Sí. Bueno, listo, sólo quería asegurarme. Trong. Hubiera sido peor que no lo supieras. La hora, la otra, a la otra. Tengo una guía t en un lugar a la ele donde no veo la calle: cada esquina es una nueva frustración. No hay carteles. Tengo el poder y no la herramienta, pienso, y después lo corrijo y lo llamo envión. Cuando paso se callan, y me acuerdo que casi siempre cuando me están por robar me provoco lágrimas, o no, solamente los hago mirarme a la cara que antes tenía ojos secos por el viento (que me deja respirar pero me queda como el culo) y ahora están rojos, y las ojeras, y la boca más roja y pongo mirada de glaucoma. Los hombres no pueden soportar ver llorar a una mujer. Yo no puedo soportar verlas llorar. A nadie. Nadie. Si el envión o no depende de vos es demasiado, a las cinco y media de la mañana en una calle que no tiene cartel. Usé las mangas de mi saco como si fueran alas y cuando una canción decía que la gordita metía panza me encontré, de pronto, haciéndolo. Y no me molesta correrme aunque ahora opongo algo de resistencia. Algo.
En el colectivo mientras el de quince que tiene traje se duerme en el asiento del pasillo veo que todos los chicos hoy se dividen entre los que se parecen a jim morrison o a ringo star, a jesús o a alguno de los snorckels. Pienso que en cualquiera de las paradas puede subirse alguien de quien me quiera esconder, a quien no quiera hablarle, entonces cuando veo el recorrido del colectivo pienso que debería dejar de salir por donde salgo porque no hay más que pinchazos de colores y de olores y de si cierro los ojos o no cuando me abrazás.
Cuando entro todas las luces están prendidas. Un estadio de fútbol. Y entre lo que podía esperar o recordar mis viejos desayunan. Y miro la hora, y llevo una coca, un alfajor y un paquete de cigarrillos nuevo (mi no kioskero amigo se negaba a dejar de baldear la vereda para venderme, dale, llego a mi casa y no hay absolutamente nada. Un comprador ¿Vos sos una chica k, no? Sí, es la nueva pregunta a: sí, siempre vengo acá).
Y cuando llego están repartiendo el diario, y me siento feliz pero después pienso que recién lo voy a leer el martes, cuando esto sea otra cosa, y sea martes y a la vez sea igual, con lo mismo. ¿Estoy bien con la campera? Sí, má, está lindo afuera. (Nunca te vas de viaje, nunca te vas a las cataratas). Y es igual como cuando en medio de un sanguchito me dijo que había albóndigas. Pero yo ahora subo la apuesta y le digo qué caripela y ella contesta que se acaba de levantar y que llama el ascensor y que la ayude con el bolso. No ma, estoy doblada. Y cierra la puerta quizá sabiendo que todavía no pasaron los quince años y que no es momento para decirme felices doce años mi amor.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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