sábado

¿Puede ser para regalo? Perfecto. Gracias. Y levanto la vista y es él. ¡Es él!. Cierto que él. Y ya me puse colorada. Me ve colorada. Basta, no seas torpe, pienso yo. Bajo la mirada. Me ve bajar la mirada. Ya está. Perdí. Me muero de calor. Mis cachetes se prenden fuego y la mano se adormece. Ya está. Está bien. Esta vez perdí yo. Pero tengo que levantar la vista otra vez, eventualmente. Pienso en algo feo o patético. Se normalizan los cachetes. No más rosas de lo que deben ser. Pero otra vez me pongo colorada. Basta. Basta. Pensá en otra cosa, me digo, y veo salir de su brazo el tatuaje de un dragón. Siempre son amarillos y rojos. Y, ese momento por lo menos, lo implícito declara un empate.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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