sábado

¡Esto es Nlarinz!

Creo que las cosas se resumen un poco a que me molesta sólo poder VER corriendo el cursor.Recién, mientras la pava y el jarro hervían, me pasó. No es un taxi ni una libreta. Ni tapitas de agua ardiente. No es pinchar una rueda en medio del desierto y tener cuatro pesos. Ahora en la sala de scrabble polaco hay dieciocho jugadores. Y yo, que no hablo polaco. ¡Fumás corteza de los árboles!. Trabar la mandíbula. Pero sólo porque pasa. Ahora tenés tetas nuevas y hablás de pitos. Le ponés una cucharada de vaselina a tu ensalada. Si, mamá. Ya lo sé, soy una estúpida.

viernes

Sobre el error que cometió Sir Gladiolo al comprar un jarrón griego en vez de sábanas de algodón egipcio

Oh, Lady Marian, sé que el matrimonio con Sir Gladiolo es provecho por donde tu familia pueda verlo, pero te marchitarás, tendrás diecisiete y parecerás de veinticuatro. Y así perderás tu juventud, tu luz, y yo, sólo once años más viejo que tú, tendré que casarme con alguien ordinario, alguien con caderas gordas como Lady Connie. Puedo prometerte cenas nocturnas y vestidos amarillos, reuniones de sociedad en las que te pasearás de mi brazo por sobre los ojos de Sir Gladiolo, y a él lo acompañe algún trasto viejo, una mujer de su edad con un corsette que deje ver lo decrépito de sus senos, y él la paseará con su mano llena de pecas, y ella sonreirá con el pecho lleno de pecas. Nosotros no tenemos pecas Lady Marian, nosotros tenemos la piel tersa y los tobillos esbeltos. Para qué envejecer antes de tiempo. Son sólo once años de diferencia, luego yo tendré pecas, pero podrás disfrutar de mi cuerpo hasta antes de tenerlas. Yo disfrutaré de tu cabello rojizo como el sol de una tarde, tus piernas blancas y frescas, y tu figura que, ante mis ojos, nunca tendrán pecas.
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(No porque la puerta suene significa que hay que abrirla -se excusó luego Sir Gladiolo ante la fila de sirvientes que se hubieran burlado de él tan sólo con una mirada)

sábado

¿Puede ser para regalo? Perfecto. Gracias. Y levanto la vista y es él. ¡Es él!. Cierto que él. Y ya me puse colorada. Me ve colorada. Basta, no seas torpe, pienso yo. Bajo la mirada. Me ve bajar la mirada. Ya está. Perdí. Me muero de calor. Mis cachetes se prenden fuego y la mano se adormece. Ya está. Está bien. Esta vez perdí yo. Pero tengo que levantar la vista otra vez, eventualmente. Pienso en algo feo o patético. Se normalizan los cachetes. No más rosas de lo que deben ser. Pero otra vez me pongo colorada. Basta. Basta. Pensá en otra cosa, me digo, y veo salir de su brazo el tatuaje de un dragón. Siempre son amarillos y rojos. Y, ese momento por lo menos, lo implícito declara un empate.

viernes

lista de lavandería

Che, me parece que vos estás más alta-dice en un intento de realizar un saludo inmejorable y logrando, en cambio, realizar uno donde la infamia irradia desde todas partes.
No, me corté el pelo.
¡Gorda!
Sos una genia. Todo lo que compraste es de vital gratificación.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando