lunes

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Cuando despierta no duda si llamar o no, hacer rin raje, esperar el primer tono del teléfono para cortar. No enciende la tele ni se hace un té. No es la convergencia de cinco personas, no es cinco estupideces diferentes. No es ratas ni hisopos, ni alicates ni acuarela. Sí, piensa si es un pantalón blanco o un escote. Piensa que si la vincha, que si lo agarra mirándola. Y lo agarra mirándola. Y dentro de sí la satisfacción. De la mirada. Una porquería. Obsoleto. De mala mina, de pendeja trucha. De femme fatal sin ele. Dice que no quiere, y puede que sea cierto. Dice que todo lo hace por ella, y parece que es mentira. Setecientos pesos en una semana. ¿Y para qué? Té de tilo con limón y hielo. Para eso.
No corta, no llama, no dice, no se calla, no pregunta, no quiere nada. No puede tenerlo.
Una noche escuchó que leían “Estoy harto de que todo lo que no soy me señale con el dedo, me arrincone en un lugar del que no puedo salir”. (O algo así). No se siente intimidada por el dedo índice. Ni por las miradas pretenciosas, y sin embargo. Obsoleto. Es cierto. No corta ni llama. Sólo té de tilo con hielo y limón. Para eso.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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