jueves

Memorias de autostop o me bajé mal del micro.

Tenía hongos en la espalda y besaba bien. Así me gusta recordar a Mariano. Lo conocí en el micro de un viaje de mil ochocientos kilómetros. Días atrás yo había terminado con mi novio y ya no tenía ganas de atender el teléfono. Agarré el primer micro en Retiro. Tenía doscientos pesos para diez días que luego se convirtieron en un mes y medio.
Mariano subió al micro a las cinco horas de haber arrancado, en un pueblito sinnombre donde había una estación de colectivos que parecía cualquier cosa menos una estación de colectivos. Yo estaba en el asiento de la ventana. Sacó el pasaje mientras me miraba y buscaba su asiento. Al final apoyó las cosas a mi lado. Saludaba a alguien por la ventana, así que le cedí un espacio para que pudiera ver. Si bien yo mantenía la vista hacia un punto ciego -que en realidad no era ningún lugar-, pude ver que abajo estaba su familia: padres, hermanos, tíos, primos y abuelo. Desvié la mirada en cuanto vi que el abuelo le guiñaba un ojo a Mariano y me señalaba a mí. Sentí mucha vergüenza; vergüenza que sin embargo se desvaneció al ver la cara de Mariano. Estaba fucsia.
Cuando el micro arrancó, Mariano comenzó a acomodar sus cosas. Traía una mochila y una guitarra. Mariano era torpe. Básicamente torpe. No manejaba las dimensiones. No sabía lo que era una dimensión. Me golpeó en la cabeza con el mango de la guitarra dos veces. Disculpame, me decía. No, está bien, pero terminá de acomodarte ya, pensaba yo.
Nos mantuvimos en silencio hasta la cena. Trajeron dos bandejas de plástico con un sanguche, un alfajor y tres caramelos. Te cambio el alfajor por mi sanguche, dijo Mariano. Por favor, le contesté. Siempre preferí lo salado a lo dulce. Mariano empezó a caerme bien. Hablamos de todo. Hablamos de nada. En dos oportunidades amagó con sacar la guitarra. No recuerdo cuáles fueron mis excusas para retenerlo. Pero fueron efectivas.
Mariano dibujaba bien. En un momento de la noche mencionó la seña que había hecho el abuelo. Yo no me hice la estúpida, pero me reí. Me pidió un sacapuntas. No, no tengo sacapuntas. Tengo desodorante y medias y remeras y repelente de mosquitos. Pero un sacapuntas no Mariano.
En el viaje no pasaron películas. De hecho creo que es probable que ni siquiera haya habido pasajeros. Para mí sólo estábamos Mariano y yo, ignorándonos al mismo tiempo en que tratábamos de seducirnos. Mariano era tres años menor que yo. Me contó cuál era el motivo de su viaje. Nunca pude recordarlo. Si en el momento no me interesó lo perdí para siempre. Cuando preguntó por mis motivos tampoco tuve ganas de contarle. Mariano era daltónico. En un momento fue al baño y se escucharon gritos. Una vieja estaba haciendo pis. Mariano no distinguió el cartel. La señora le pegó un portazo en la cara. Mariano -sin haber ido al baño todavía- subió riéndose, sólo para contármelo. Se paró en el pasillo y con las manos en la ingle se atropellaba contra las palabras. Tenía los ojos brillosos. Nunca pude prestarle atención a un hombre si mientras me habla se agarra los genitales. Mariano daba saltos de incontinencia. O quizá sólo se sentía feliz.
Al momento de dormir subieron los aire acondicionados. Yo estaba en ojotas y musculosa. No tenía abrigo a mano. Mariano me dio un buzo y más tarde, entre sueños, escuché que temblaba. Lo abracé y nos dormimos. Cuando me desperté Mariano ya no estaba. Busqué la guitarra y no la vi. Su bolso. A él. Yo tenía su buzo. Le pregunté al chofer si lo había visto y me dijo que se había bajado dos paradas atrás, hacía cuatro horas. Subí a mi asiento. Me hubiera querido despedir. Pero sólo porque no nos habíamos despedido. En su asiento había un sacapuntas. Mariano tenía hongos en la espalda y besaba bien.

2 comentarios:

santha dijo...

El problema con la gente que sabe despedirse, es que vuelve, o se queda, yo prefiero a los que no saben despedirse de ellos siempre es facil sacar un buen recuerdo aunque uno lo invente. Ellos no estan para decir que asi no fue.

lurba dijo...

no. yo prefiero las despedidas. si son imprescindiblemente horribles siempre se podrá superar.

Se ha producido un error en este gadget.
(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

en Cobstrucción
¡Cuidado! Hombres Trabajando