sábado

Lo ineludible de mi lurgaridad

De pronto, cuando nos habíamos alejado del tumulto de la fiesta, me dijo: Che, Lu, quiero tener piernas jugosas como esas que son medio putitas.
Viva, eh.
Ahora, muy de madrugada, la veo en el ascensor: una vecina de –pongámosle- cuarenta y uno, coquetona y canchera. Jamás la había visto. Igual jamás vi a nadie del edificio.
Viste que no andan los porteros- me dice, toda rubia ella mirándome a los ojos y emitiendo juicio que desconozco. Sí, una pena- respondo sin entender de qué habla.
Veo la malicia en sus ojos ¡juro que la veo! Dice: Es que el del primero hizo una conexión ilegal y rompió todo el cableado de los porteros.
Y claro, hipnotizada por su maldad qué más espero de mí: ¿Pero entonces lo va a pagar el consorcio o él?

(Igual, antes cuando ella me dijo eso, pensé en las veces que empecé a escribir diariamente. Y esta es la tercera, en mi lurgaridad. Primero fue en 1998 y después en 2002. Y lo que me impresionó fue que recordé cada razón).

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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