miércoles

lurba, lurben, luba, maluba, malurba, juan manuel.

Así de angulosa y tosca denota y esconde simultáneamente todos los seres que habitan en ella.Dependiendo (precisamente) del ángulo desde donde se mire, la posición del viento y el sol, sus demonios salen a la luz o simplemente sigue siendo L.La polifonía se vuelve histérica, su cabeza late así como su voz se transforma hasta asimilar al ser de turno.Cambia su tez y la expresión de su cara.Los músculos se contraen y los ojos cobran arrugas (de esas que no denotan experiencia). De este modo, agita los pies y trona sus dedos mientras L descansa en el fondo, con los demás.

martes

no la mames chabón.

perdí un anillo. perdí un aro. no la mames chabón. poto. poto. me corté el labio. hice un clavado en la arena. temblaron por mí. d se sacó el mejor 00.00 y comprobamos que La Plata queda en otro lugar.




















jueves

Memorias de autostop o me bajé mal del micro.

Tenía hongos en la espalda y besaba bien. Así me gusta recordar a Mariano. Lo conocí en el micro de un viaje de mil ochocientos kilómetros. Días atrás yo había terminado con mi novio y ya no tenía ganas de atender el teléfono. Agarré el primer micro en Retiro. Tenía doscientos pesos para diez días que luego se convirtieron en un mes y medio.
Mariano subió al micro a las cinco horas de haber arrancado, en un pueblito sinnombre donde había una estación de colectivos que parecía cualquier cosa menos una estación de colectivos. Yo estaba en el asiento de la ventana. Sacó el pasaje mientras me miraba y buscaba su asiento. Al final apoyó las cosas a mi lado. Saludaba a alguien por la ventana, así que le cedí un espacio para que pudiera ver. Si bien yo mantenía la vista hacia un punto ciego -que en realidad no era ningún lugar-, pude ver que abajo estaba su familia: padres, hermanos, tíos, primos y abuelo. Desvié la mirada en cuanto vi que el abuelo le guiñaba un ojo a Mariano y me señalaba a mí. Sentí mucha vergüenza; vergüenza que sin embargo se desvaneció al ver la cara de Mariano. Estaba fucsia.
Cuando el micro arrancó, Mariano comenzó a acomodar sus cosas. Traía una mochila y una guitarra. Mariano era torpe. Básicamente torpe. No manejaba las dimensiones. No sabía lo que era una dimensión. Me golpeó en la cabeza con el mango de la guitarra dos veces. Disculpame, me decía. No, está bien, pero terminá de acomodarte ya, pensaba yo.
Nos mantuvimos en silencio hasta la cena. Trajeron dos bandejas de plástico con un sanguche, un alfajor y tres caramelos. Te cambio el alfajor por mi sanguche, dijo Mariano. Por favor, le contesté. Siempre preferí lo salado a lo dulce. Mariano empezó a caerme bien. Hablamos de todo. Hablamos de nada. En dos oportunidades amagó con sacar la guitarra. No recuerdo cuáles fueron mis excusas para retenerlo. Pero fueron efectivas.
Mariano dibujaba bien. En un momento de la noche mencionó la seña que había hecho el abuelo. Yo no me hice la estúpida, pero me reí. Me pidió un sacapuntas. No, no tengo sacapuntas. Tengo desodorante y medias y remeras y repelente de mosquitos. Pero un sacapuntas no Mariano.
En el viaje no pasaron películas. De hecho creo que es probable que ni siquiera haya habido pasajeros. Para mí sólo estábamos Mariano y yo, ignorándonos al mismo tiempo en que tratábamos de seducirnos. Mariano era tres años menor que yo. Me contó cuál era el motivo de su viaje. Nunca pude recordarlo. Si en el momento no me interesó lo perdí para siempre. Cuando preguntó por mis motivos tampoco tuve ganas de contarle. Mariano era daltónico. En un momento fue al baño y se escucharon gritos. Una vieja estaba haciendo pis. Mariano no distinguió el cartel. La señora le pegó un portazo en la cara. Mariano -sin haber ido al baño todavía- subió riéndose, sólo para contármelo. Se paró en el pasillo y con las manos en la ingle se atropellaba contra las palabras. Tenía los ojos brillosos. Nunca pude prestarle atención a un hombre si mientras me habla se agarra los genitales. Mariano daba saltos de incontinencia. O quizá sólo se sentía feliz.
Al momento de dormir subieron los aire acondicionados. Yo estaba en ojotas y musculosa. No tenía abrigo a mano. Mariano me dio un buzo y más tarde, entre sueños, escuché que temblaba. Lo abracé y nos dormimos. Cuando me desperté Mariano ya no estaba. Busqué la guitarra y no la vi. Su bolso. A él. Yo tenía su buzo. Le pregunté al chofer si lo había visto y me dijo que se había bajado dos paradas atrás, hacía cuatro horas. Subí a mi asiento. Me hubiera querido despedir. Pero sólo porque no nos habíamos despedido. En su asiento había un sacapuntas. Mariano tenía hongos en la espalda y besaba bien.

martes

El filtro mediano o nunca te ayudé a cocinar

(Mi mamá está cocinando y yo estoy sentada en la mesada)

Yo- Ma, ¿Patricia es tu amiga?
Mamá-Si.
Yo- ¿Y Mónica?
Mamá-No, ella es una conocida.
Yo- ¿Cómo? No entiendo. ¿Por qué ella es conocida y Patricia amiga?, si todas se conocen y salen juntas.
Mamá-Si, pero sólo Patri es mi amiga.
Yo-Ay, nada que ver. Todas son tus amigas y me querés confundir. Si cuando te invitan a tomar algo vas toda contenta. Entonces ¿sos falsa?
Mamá-No. No soy falsa. Voy, pero no son siempre amigas.
Yo- ¿Si salís con todos conocidos y un solo amigo te aburrís?¿no les contás cosas?
Mamá- Si, bueno hija. La pasás bien. Son conocidos.
Yo- Mónica es la mamá de Caro y Caro es amiga mía. Tendrías que ser su amiga. Por Caro y por mí. La mamá de Caro es re buena como Caro.
Mamá-Si hija. Pero la mamá de Caro no es mi amiga. Todos elegimos quién es nuestro amigo y quién no. Y no tiene nada que ver Caro. Yo puedo ser amiga de quien quiera. Vos también.
Yo-Mentira. Yo tengo amigos o enemigos. No tengo conocidos ma.
Mamá- ¿Quiénes son tus enemigos?
Yo- Magui y Coni. Las odio. Son re forras.
Mamá-Bueno, pero ya vas a ver. Nadie es tan malo. Hay amigos y hay conocidos…
Yo-Todos son mis amigos ma. Y los que no, los odio. ¿Entonces odiás a los conocidos?
Mamá-No hija. No los odio. Lo que pasa es que… Bueno, dejá, no importa. Cuando seas grande vas a entender la diferencia.

jueves

Mostré la hilacha: moví los pies.

Estoy convencida. Hoy es el cumpleaños de alguien.
F me dijo un domingo que todas las canciones hablaban de mí. Me gustó tanto que sólo tuve que convencerme. Una vez, corriendo mientras llovía, D me preguntó qué clase de gente me gustaba: la que la lluvia le queda bien. El otro día me retó un nene de dos años: vino a mi casa, corrió por el pasillo hasta una puerta y gritó: ¡está todo tirado mamá! ¿quién duerme acá?. Acá duerme L, contestó la mamá. Entonces el enano dijo: pensé que era de un nene, tenés que juntar las cosas. Mis juguetes son mejores que los tuyos.
Nunca pude empezar un aplauso concurrido. Me cuesta pronunciar palabras que empiecen con tr. Se cae el jabón y me río. Ahora resulta que todas se llaman L y todos cumplen el once de enero. Hubieran avisado antes. En la playa, con la palita y el rastrillo. Un helado de menta, australes en el wonder boy. La fiesta de la vendimia. Se me escapó el globo de helio. Nunca me lo advirtieron. Yo estaba contenta porque ya sabía atarme los cordones sola. El globo salió en la tele, cuando mostraban la fiesta de la vendimia. Así que lloré. Y después me compraron uno común, de esos que tienen todos. Y era rojo. Lo pinché. Lo odiaba.
Unas noches atrás estaba en el baño, sentada en el banco, mirando el suelo. En un momento escuché un ruido y vi a mi gata trepada al lavatorio tratando de tomar agua. Me miró. La miré. Fue tan buena que me abrió la canilla.

domingo

Siempre con un ejemplo real bajo la manga.

Anoche pensé en lo sensacional que era que todavía me faltara terminar el trabajo, por todas las cosas interesantes que podría escribir. (Creo que hasta sonreí). Al minuto me sentí increíblemente estúpida.

sábado

Lo ineludible de mi lurgaridad

De pronto, cuando nos habíamos alejado del tumulto de la fiesta, me dijo: Che, Lu, quiero tener piernas jugosas como esas que son medio putitas.
Viva, eh.
Ahora, muy de madrugada, la veo en el ascensor: una vecina de –pongámosle- cuarenta y uno, coquetona y canchera. Jamás la había visto. Igual jamás vi a nadie del edificio.
Viste que no andan los porteros- me dice, toda rubia ella mirándome a los ojos y emitiendo juicio que desconozco. Sí, una pena- respondo sin entender de qué habla.
Veo la malicia en sus ojos ¡juro que la veo! Dice: Es que el del primero hizo una conexión ilegal y rompió todo el cableado de los porteros.
Y claro, hipnotizada por su maldad qué más espero de mí: ¿Pero entonces lo va a pagar el consorcio o él?

(Igual, antes cuando ella me dijo eso, pensé en las veces que empecé a escribir diariamente. Y esta es la tercera, en mi lurgaridad. Primero fue en 1998 y después en 2002. Y lo que me impresionó fue que recordé cada razón).

domingo

El cortejo en francés o cómo sobrevivir un terremoto

Una noche, justo antes de irme de su casa, se enteró que a mí me gustaba Prévert. Fue hacia la biblioteca mientras me retenía en el umbral de la puerta. Me acuerdo que tenía la primera edición de Palabras. Estaba apoyado sobre la biblioteca; yo en el marco. A él lo secundaba un montón de nombres y colores; yo a lo sumo sobreviviría un terremoto.
Leyó Desayuno en francés. Alternaba los ojos entre la hoja y mi boca. Volvía a la hoja porque de tanto mirarme se olvidaba cómo seguía. Volvía a mi boca sólo para cerciorarse de que fuera lo suficientemente linda como para leerme en francés, en el umbral de la puerta, a las seis de la mañana. Yo también miraba su boca. Cómo se movía, cómo cambiaban las formas y los sonidos. Mientras lo miraba pensé en cerveza y en que me dolía la espalda.
Pensé en una vez que diluvió sobre avenida sarmiento y yo tuve que cruzarla luchando contra la corriente que se había formado. En ojotas. Estaba muerta de miedo y tenía ganas de llorar. Estaba un poco borracha, pero también estaba triste. Pensé en un invierno en la casa de m. Era de día y habíamos estado hablando toda la noche. Mis papás me llamaron a las nueve de la mañana desde la puerta de mi edificio con el auto cargado. Hace tres días que no venís a casa. Me pareció entender en el teléfono que mi mamá supo que me sentía plena. Y se fueron al sur.
En un martes a la noche cuando caminábamos y él me decía que no quería morir en un hotel. Me acuerdo que al principio me reí, pero sólo porque yo se lo había dicho un momento antes.
Pensé en una vida entre cajas y supe que era la mía. En el conejo que fue picado por una víbora. O cuando agarramos el auto y nos fuimos de viaje a Purmamarca. Teníamos dos pesos y no sobrevivimos.
Mi mamá se sentó a los pies de mi cama y me dijo que no hablaba desde hacía diez días. Y qué se yo, qué te voy a decir.
Escuché

Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré.
Y me fui.

sábado

Cada día te parecés más a un personaje de Tim Burton- me dijo con los ojos serios en un momento de la escena. Indefectiblemente tuvimos que reir toda la noche por lo cierto, por lo no cierto, y todo lo demás.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando