jueves

Automático. Inevitablemente automático. Pero está bien. Es como que se muera la nena más linda de Cuzco. Podemos. A eso y con el adoquín que falta. Jugar. En Murature. O en Seguí. Ya no lo sé. Como cuando lo vio y se le cayeron los hombros. No se podían sostener ni con la musculosa azul. Pero tampoco fue tan grave. Casi como la primera vez que bailó un lento. Ni tanto. Ni poco. Ni idea. Anillos de humo.
El mono trabando la mandíbula. Yo mirando, brillosa. Brillando para. Aureola en el café. La mancha de la pared. Mis manos en la cabecera de la cama. Aureolas, eso veo. Techo que se olvidó. O mejor el pegamento. O yo del pegamento. Aureolas en el lento. Aureolas en tu hombro. En tu nariz. Aureolas en mis pezones. En mis cachetes. Enormes. Brillosas. Aureolas en los ojos. Oscuras y miopes. Sobre los pasos que vamos dejando en el piso. En el sur. En el edificio redondo. En la barranca. Frente a la laguna. Sol y panza al aire. Remera levantada. Ternura. Palabra horrible. Fiel. Y panza y botella con pescado. Yo con botella. Y pescado conmigo. No te devuelvo nada al mar. Pero tampoco te guardo. Sólo la imagen de vos. Sólo mi escozor. Y yo durmiendo la siesta. Quejándome. Yo que para vos cogida, para vos hermana y para vos boluda que jamás supo entenderte. Ahora, vos no sé. ¡Movés los pies!. Y me descubrieron. Insert coin. Australes. Miles de. Australes sin aureolas. Cachetes con aureolas borroneadas. Aureola de ojos. Brillante. No. Baldosas sin aureolas.
A la noche. Llegaron y me preguntó si era feliz. Lo vio en mis ojos, me dijo. Sí, mamá. Y era cierto. Yo te vi a los ojos. Vi que quería que me miraras así siempre. Y tenías razón. Pero ni tanto. Superstición. Tres erres a los diecinueve. Aureola. Pero guantes de boxeo y volviste. Yo ya sabía que ibas a volver. Y sin embargo bajé a hablar con vos. Como si no supiera lo que iba a hacer. ¿Me das tu mejor lágrima?.Y lo miré casi sonriendo. Aunque él no me importara. El momento era mío. Y bajé los ojos, como cuando le dije que ya no lo quería. Como en el auto, cuando pasamos por ahí. Nadie dijo nada. Fue triste. Bajé la mirada. Aureola. Ojos sin aureola. Aureola que es cafetera. No fue la mejor lágrima. No fue ni la de un miércoles. Ni siquiera de los sábados. Como esa noche. La de consolaciones púberes. Como cuando otro. Un sábado que se hizo domingo. Y foto en la ventana. Contacto de labios. ¡Aureola que explota!. Cinco menos diez. Nueve y cuarto. El vení para la foto. Uno de los cuartos de la galería. Oscuro. Mis ojos brillantes. Aureolas en todas partes. En. Desde. No, no quiero ir a tu foto. Asesina de aureolas. Sádica. A caminar, a no imitar estatuas de la plaza. Perdón. Te rompí la guitarra. Mentira. Forra. Aureolas en Bariloche. Aureolas de granadina. Manos sobre la cabecera de la cama. Como en Reloj de Plastilina. Justo esa parte. Necesariamente.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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