jueves

Pesadilla IV


En el tren, él –que está conmigo- le da besos a ella y a la otra ella, que son mis amigas. Y yo sentada en el primer asiento, sola, miro de reojo y no entiendo. Pero ellos se ríen, aunque ni siquiera se ríen de mí. No entiendo, me incomodo y me bajo donde estoy.
Aparezco frente a Ciudad. Y es de noche. Camino por las vías en dirección a mi casa y viene casi corriendo una nena de siete u ocho años que está llorando. Primero pasa a mi lado, me mira y sigue; me doy vuelta y vuelve corriendo hacia mí, llorando y abrazándose a mi panza. Le pregunto qué le pasa, y si está sola. Me dice que Pablo es malo, y me señala una ventana del pabellón tres de Ciudad. Es un último piso y está muy oscuro. “Al principio pensé que era un nene, y que estaba encerrado y quería jugar”, me dice. Entro en pánico y me alejo de ella en dirección al bosque, casi corriendo. Ella me corre llorando, pero yo me doy cuenta que ahí la víctima soy yo, entonces con el pie le empujo suavemente la panza y la tiro al suelo, como acostándola. Yo no quiero lastimarla. Se levanta y me vuelve a seguir, vuelvo a acostarla. Y me voy corriendo, sin mirar atrás, pero sabiendo que desde la ventana del último piso del pabellón tres de Ciudad, Pablo tiene la mirada clavada en mi nuca.

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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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