viernes

Si las biromes seguían sin andar lo hubiera olvidado. ¿A cuántas personas que sufren de piefriítis se les caga la vida?. Habrá que ver quién se adapta mejor.

Si, es verdad.

Y hoy es veinticinco de mayo.

Eso también.

martes


Paso un dedo por la tapa del libro. Paso dos. Los paso y los hago resbalar,los hago rasparla,
los hago estar adheridos de tinta, adheridos de un poco de tu mano.
Lo raspo con un cuchillito, con las uñas de los pies, y no hay nada externo en él: ni
polvo ni olor. Sólo es la tinta, sólo.
Y hay una página donde sábana lleva distinta caligrafía y ahí puede que estés vos.
Puede que estés ahí, ahí y en el silencio interminable que nos sirve de soporte.
Ahí a los pies de mi cama, intentando armar,intentando conversar sin perder de vista la oscuridad, ni la gente que (nos) pasa, ni la música que suena.
Y puede que seamos muy distintas, al mismo tiempo en que bastante nos parecemos, en el mismo eje.



2005

(luba: ¿cómo andás?
luciana: cansada, estaba por armar el bolso.
luba: qué raro vos huyendo, eh.
luciana: no huyo; me voy para precisamente poder volver.
luba: ñaña.
luciana: hoy tuve una epifanía.
luba: ¿acerca de?
luciana: acerca de nosécómoexplicarlo. realmente me inquieta.
luba: suele suceder.
luciana: si, no es consuelo igual.
luba: me extraña que a esta altura esperes encontrar consuelo en mi.
luciana: nunca nada más cierto.)


jueves

Lo que viste es el olor

Acostumbra a sentir lo que quedó de ron en su ropa y echarle un poco de limón, pensando que así el olor cesa, y no –por el contrario, y como ocurre- que el olor viste a la ropa.
Acostumbra también a pensar que todos son como ella, y que no desarman toda la cama cuando se van a dormir. Que el chocolate blanco no es chocolate, y no le importa tanto como no pisar las baldosas flojas cuando llueve.
Que sólo tiene unos zapatos verdes en el placard, acomodados simétricamente, y que los usa cuando se vuelve necesario.
Acostumbra a vestirse de colores cuando no está de humor, y piensa que eso puede disimular las palabras que lleva escritas en su cuerpo, pero una vez más aprende –tarde- que lo que viste es el olor.

Pesadilla IV


En el tren, él –que está conmigo- le da besos a ella y a la otra ella, que son mis amigas. Y yo sentada en el primer asiento, sola, miro de reojo y no entiendo. Pero ellos se ríen, aunque ni siquiera se ríen de mí. No entiendo, me incomodo y me bajo donde estoy.
Aparezco frente a Ciudad. Y es de noche. Camino por las vías en dirección a mi casa y viene casi corriendo una nena de siete u ocho años que está llorando. Primero pasa a mi lado, me mira y sigue; me doy vuelta y vuelve corriendo hacia mí, llorando y abrazándose a mi panza. Le pregunto qué le pasa, y si está sola. Me dice que Pablo es malo, y me señala una ventana del pabellón tres de Ciudad. Es un último piso y está muy oscuro. “Al principio pensé que era un nene, y que estaba encerrado y quería jugar”, me dice. Entro en pánico y me alejo de ella en dirección al bosque, casi corriendo. Ella me corre llorando, pero yo me doy cuenta que ahí la víctima soy yo, entonces con el pie le empujo suavemente la panza y la tiro al suelo, como acostándola. Yo no quiero lastimarla. Se levanta y me vuelve a seguir, vuelvo a acostarla. Y me voy corriendo, sin mirar atrás, pero sabiendo que desde la ventana del último piso del pabellón tres de Ciudad, Pablo tiene la mirada clavada en mi nuca.
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(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando